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El avance de la caída: relectura de la crisis civilizatoria global

 

Por Gorka Lasa.

 

 

En su momento, el 27 de diciembre de 2025, en esta misma columna de opinión del periódico La Estrella de Panamá, escribí un artículo titulado; Fin de año: reflexiones ante la crisis civilizatoria (2025-2026), impulsado por una inquietud que no era circunstancial, sino estructural. No escribía desde la alarma, sino desde una evidencia que ya entonces se me hacía difícil de ignorar: algo en la realidad venía quebrándose de forma progresiva, con raíces que reconozco en dos momentos decisivos, la crisis financiera de 2008 y la fractura civilizatoria que supuso la pandemia. Desde ahí, lo que he venido observando no es una sucesión de eventos aislados, sino una degradación sostenida. Hoy, tras estos meses de 2026, no tengo margen para la duda. Mis conclusiones se confirman. Aquello que percibía como deriva es ya un colapso.

 

Lo que entonces llamé metacrisis (convergencia de múltiples crisis simultáneas) ha dejado de ser una categoría analítica para convertirse en el tejido mismo de lo real. No hay ya crisis diferenciables; hay una única dinámica de colapso mundial donde cada fractura amplifica a la siguiente y cada intento de estabilización acelera una descomposición en cadena. El orden internacional se deshace sin disimulo: alianzas que se rompen, equilibrios que se diluyen, diplomacias sustituidas por amenaza abierta. Pero, y esto es increíble, lo más grave no es la violencia en sí, sino la evidencia de que nadie parece capaz o dispuesto a contenerla. La impotencia de los liderazgos globales es ya estructural.

 

La guerra ha dejado de ser excepción para convertirse en norma operativa. Europa del Este y Medio Oriente no son escenarios aislados, sino nodos de una red de conflicto en expansión donde actores con capacidad nuclear se miden en un equilibrio cada vez más inestable. Nunca habíamos estado tan cerca de una confrontación global. A esta violencia se suma la reactivación de fanatismos religiosos instrumentalizados como coartadas para la barbarie, junto a fanatismos ultranacionalistas y pulsiones autoritarias que ya no se disimulan.

 

En ese clima, las ideologías se endurecen hasta volverse irreconciliables. Lo que antes aspiraba a consenso se transforma en imposición. Proliferan liderazgos inescrupulosos, atravesados por la corrupción y sostenidos en la manipulación sistemática. La mentira deja de ser un recurso para convertirse en estructura de poder: se distorsiona lo evidente, se reescribe lo verificable y, lo más inquietante, se normaliza. Países que antes sostenían ciertos marcos normativos hoy los vulneran sin reparo.

 

En el plano económico, la desigualdad ha alcanzado niveles que ya no admiten matices. No se trata de brechas, sino de una escisión radical. El capitalismo hace ya mucho ha dejado de producir mundo para convertirse en un sistema de extracción. A la par, se profundiza la fractura del conocimiento: la verdad pierde su estatuto común, la desinformación se amplifica y discernir “lo real” se vuelve cada vez más difícil. A esta deriva se superpone el colapso del humanismo como horizonte compartido. Lo humano deja de ser medida y fin, sustituido por lógicas de instrumentalización. Se pierde el bien común y se radicalizan posturas intransigentes incapaces de reconocer al otro. Sin este mínimo ético, toda mediación se vuelve inviable.

 

La transformación tecnológica intensifica esta crisis. La inteligencia artificial ya no es promesa ni amenaza futura, sino una presencia activa que reconfigura nuestras formas de percibir y decidir. No parece que estemos preparados para comprender su alcance. En paralelo, el deterioro de las democracias se acelera: autoritarismos se instalan, derechos se erosionan y el poder se ejerce sin necesidad de legitimación.

 

Mientras tanto, millones de personas son desplazadas por guerras, crisis climáticas y colapsos económicos. El exilio deja de ser excepción y se convierte en condición. Todo esto estaba, de algún modo, contenido en aquel artículo que escribí en diciembre, no como certeza, sino como advertencia. Hoy ya no puedo hablar en esos términos. Lo que advertía se ha confirmado. El proceso es innegable y ya no hay normalidad a la que regresar.

 

Me veo obligado, entonces, a replantear la pregunta que formulé entonces. Ya no estoy seguro de que se trate de despertar. Tal vez hemos alcanzado un punto en el que la razón ha perdido eficacia frente a estructuras que la exceden. No escribo esto desde el catastrofismo, sino desde una comprensión incómoda: lo que se abre ante nosotros no es una crisis resoluble, sino una transformación cuya dirección percibo como descendente e impredecible en grado negativo.

 

Y lo más inquietante no es solo lo que ocurre, sino nuestra forma de habitar lo que ocurre, a la mayoría de la gente parece no importarle. Nos habituamos, nos adaptamos, integramos el horror en la rutina, tratando de avanzar en nuestro terminal agotamiento civilizatorio. Esta es, quizá, la señal más clara del deterioro. Si algo temo, no es solo el futuro, sino la posibilidad de que, llegado el momento, ya no quede en nosotros nada “humano” capaz de reconocer lo que perdimos.

 

El autor es escritor.

www.gorkalasa.com

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