
POESÍA I - Breve selección poética de Gorka Lasa
Herido de mistrales
Inquietos ojos de ansiosa espera,
bestias de luz en los rizos del azar
devoran el milagro, la música escondida,
semillas curtidas de violencia
que, esquivas y solitarias,
afloran en su tristeza,
negando el porvenir.
He visto cómo el aire que juega en el incendio
disipa en el silencio el polen de la flor,
y, herido de mistrales,
me arde el firmamento
al sol de un grito ciego
y una ventana gris.
Cansado me detengo
en el axis de mi angustia,
y, rendido a los inviernos,
me arranco los ojos
para sembrar la flor.
Sangre diminuta
Pequeña espina roja
de un fuego hoy perdido
en mares que se secan
adentro de la piel.
Abismos como huellas
en libros olvidados,
galaxias en el puño,
y el pecho, hoy de roca,
es carne del cincel.
¿Qué sangre diminuta
se aleja de su intento
y abraza las espinas
adentro de la piel?
Distancias
He visto en las distancias ciudades dormidas,
arquitecturas latentes,
murmuraciones del odio.
He visto en lo lejano las torres del silencio,
los sordos hemisferios
de un viejo resplandor.
He visto en la distancia ciudades vacías,
estructuras condenadas al castigo solar.
He visto en lo profundo de mis años perdidos
una luz que me llama,
azul,
desde lejos.
Los mundos de la evocación
No hay reposo, incluso en este viejo espacio de luz,
estancia perdida en el tiempo donde todo está en silencio,
donde el alma, cansada como los soles que se inmolaron
para negarnos el día,
renace del agua purpúrea de la soledad cósmica
y sueña su deriva,
errante, melancólica, indiferente, atávica.
¿A dónde viajarán las gaviotas de mi interminable atardecer?
Esas que desafiaron el espacio remoto de un azul final e indolente,
brotando de la tormenta como flores nebulares
de un sueño perdido.
¿Están aquí, vuelan acaso en la poesía que se busca a sí misma,
suspendidas en el celaje inexacto, en el temblor invisible
del viento contra la eternidad?
¿Qué haremos ahora que el crepúsculo es también la herida
en el terco corazón?
¿Es este el sendero que debemos recorrer para trasmutar
el dolor adherido?
¿Qué haremos ahora que el sueño ha muerto
en las manos sembradoras?
¿Adónde irán a soñar los lentos peregrinos
de los cielos de la mente?
¿En qué océanos de inabarcables edades cósmicas
perdió el rumbo mi navío solar?
¿Quién encendió los viejos faros que arden invictos
en horizontes insondables?
¿Qué será de mí, arcano navegante, errante en los mundos
de la evocación?
¿Dónde descansarán, por siempre heridas,
las gaviotas de mi melancolía?
¿Qué quedará, ahora que el dios es mácula
en la mano de los misterios?
¿En qué remanso de la memoria
se durmió desolada mi esperanza?
¿Dónde está la playa solitaria que aguarda la sal de mis huesos?
¿Alguien escuchará mi lamento en la cósmica eternidad?
¿Hay alguien ahí, en esas distancias incognoscibles?
¿Dónde está la luz que perdí buscando la Luz?
¿Por qué el abismo es el reflejo de la herida?
¿Dónde está el resto de mi vieja bandada?
¿Puede entonces el tiempo sanar las grietas
de mi rebelde corazón?
¿Puede acaso el amor ser bálsamo de las heridas del espíritu?
¿Podrán los soles sostener el peso de mi atávico dolor?
Lentamente se cierra el horizonte sobre mi vuelo,
la tormenta arde en el crepúsculo,
y me dejo caer, por siempre,
en el abismo de la libertad.
Tres veces
La esfera, sangre
amotinada contra dios,
ligamentos de arena,
esquinada agua purpúrea
que sobre el cielo de la memoria,
fugaz, oscilante,
arde en el silencio.
Fuego, líquida reliquia solar,
vientre de abismos, mutación,
plasma, estancia ondulante,
anochece en su ruptura.
Caminante mercurial,
peregrino del presagio,
tres veces dodecaedro,
en mí, como en la muerte,
ya no intento volar al sol:
solo escribo.
La noche sin día
Allende la sublimación,
atento a la tonada inaudible,
antiguas formas delinean el fuego
sobre el atanor, su esquiva piedra flotante.
Entro en mí, como en una noche sin final,
para definir con fuego mundos perdidos
que renacerán de las visiones del vacío,
y, sobre el último adiós, amotinados,
evocarán el llanto y el abismo.
Me sueño desde mí, la parte luminosa de mí,
sus bóvedas estelares, su edad tranquila;
me atisbo a lo lejos sobre campos de luz
en la densidad sutil de dunas oníricas.
Solitario habitante de lejanas horadaciones del dolor,
errante en las perdidas montañas de mí mismo,
peregrino de los bosques azules de mi tedio.
Aún estoy ahí, aún recuerdo los espacios,
cautivo de la trampa de los mundos,
atento a la llamada del atardecer,
exiliado en la viscosidad de días eternos.
Así fue como encontré el elixir verde,
destilación, gema que dormía en mí,
oscilando en la noche sin día,
en el sueño sin soñador,
la morada sin puertas,
estancia sin tiempo.
No regresaré
No regresaré, no como la lluvia
que dentro del espacio de su viaje,
como un amor que termina su periplo,
destrozado, muere anhelando la humedad.
Semillas de dolor que un día germinarán del abismo
en mil palabras sagradas,
en aguas subterráneas,
ondulaciones luminosas y versos redentores.
No regresaré a sembrar el trigo amargo,
esquirla del cristal que sola y en fuga
se tornó invisible al contacto con el agua,
haciéndome dudar del sueño, de la historia
que, como la vida, se me escapó silenciosa
en un mundo de visiones y laberintos.
No, ya no regresaré:
ha triunfado en mi derrota,
hoy mi nombre no significa nada.
Estaciones tristes
He visto al mar secarse en el centro de los ojos,
la grulla detenida en el lago del ayer,
un sauce en la ribera, las rocas en el cielo,
la estrella temblorosa, el ansia de llover.
He visto a dios rendirse,
caer sobre sus siglos,
sus llamas azuladas,
su frío descender.
He visto al mar secarse en el centro de los ojos,
sus hondas detenidas,
sus tristes estaciones,
su viaje hacia la sed.
Aldebarán, el vértigo de la eternidad
Atardeceres terribles colmaron mi alma de silencios,
Aldebarán.
Las horas de la sangre sobre el final,
la pausa, el errático exilio de la estirpe,
la lluvia eterna sobre las tierras innombrables,
la soledad de tristes campos de olvidadas batallas.
En los senderos de un planeta muerto,
anidaron los ciclos del devenir,
acunando mares negros.
Atardeceres terribles colmaron mi espíritu de nostalgia,
Aldebarán.
Este viaje de símbolos ya concluye su ira,
inequívoca nema por siempre oculta,
en los áureos cantos admonitorios,
en el vértigo de la eternidad,
sello atávico del clan solar.
Allí donde fuéramos arrastrados, padecimos,
llevamos en nosotros la tara de la luz,
el epitafio de los soles insurrectos,
los fríos horizontes sin final,
saña de manos asesinas.
¡Míralos! pueblos desterrados en el viento de las eras,
Aldebarán.
Y sufro esta búsqueda de esferas y caminos,
añoro el retorno al templo de los orígenes,
el ansia voraz de una tierra virgen, núbil,
para colmarla de ríos, poemas, bosques,
para labrar mi tedio en sus espasmos,
para arrancar la vida a sus entrañas,
y luego, muerta, volverla a poseer.
Atardeceres terribles colmaron mi tristeza de futuros,
Aldebarán.
El ciclo inútil de los dragones tristes,
tormentas de mares primordiales,
crearlos de la nada tomó eones.
Esta es la venganza del soplo original,
impaciencias, crípticas premuras,
la angustia de los tiempos.
Y al final, cuando encontramos planetas habitables,
estábamos tan cansados de los viajes sin retorno,
tan irremediablemente derrotados por la osadía,
que las leyendas que nacieron de nuestros ecos
solo serían eólicas cárceles, templos rotos,
trenas del dolor, la mentira y la muerte.
¿No es acaso esta creación el más terrible de los legados?
Aldebarán.
Tanto dolor vertimos en los mundos, tanta negra rabia,
indolentes, asesinamos a la Madre que los protegía,
sus dioses melancólicos cantan débiles, huidos,
en atardeceres invisibles de soledades atávicas,
los últimos tiempos, los siglos ya olvidados,
los grises finales, en sus ocasos inertes.
Somos nosotros, los últimos errantes,
poetas del gnomon, viajeros de la esfera,
evocadores de la vieja herencia del dolor,
del castigo, la vieja culpa y su estigma silente.
Terribles castigos nos aguardan en el tiempo.
Terribles crepúsculos colmarán nuestros silencios.
Solitario será el retorno del sol hacia la nada,
Aldebarán.
Cicatrices viento
Hay una luna inmóvil
en un silencio ardiente
de noches ondulantes
y sombras del edén.
Hay ciertos espejismos,
hay cicatrices viento,
y años que alucinan
la huella de su piel.
Hay una tarde en vilo
sobre el mantel usado,
y un mirlo sigiloso
aguarda su señal.
Hay rondas serpentinas,
hay calles en el cielo,
hay flamas como flores
que arden de humedad.
Hay un tiempo abierto
en la esperanza ciega,
hay un mar de lágrimas,
hay un sol sin luz.
Oscuras oscilaciones
Aguardo en la fría penumbra el tibio roce de la luz,
espero en esta playa del tiempo, en rondas, vidas inútiles,
he visto soles caer y volver a levantarse como águilas heridas,
me he quedado dormido viendo el lento flujo de cíclicas edades,
la leyenda de mi alma, a la deriva,
en las oscuras oscilaciones del Ser.
En la bruma del origen vi el sueño sombrío
de la noche que se avecina,
y en el abismo, la luz que daría vida
a las bóvedas no creadas del infinito.
He buscado en el silencio los glifos que conjuraron el olvido,
el dolor, la herida.
He buscado en los océanos primordiales
la respuesta al enigma de la mente dividida.
He sido el testigo de viejos imperios,
sus lunas calcinadas por el horno de los milenios,
templos olvidados, esferas,
soles cansados que ya nunca volverán
a sus órbitas delirantes.
Mi alma está herida de distancias, cansada, huérfana del sol,
exiliada en el hemisferio triste del húmedo dolor humano,
arrojada a la plegaria inútil de una tierra ciega e infértil,
condenada a ser testigo del ocaso de un dios inexistente.
Me he quedado dormido viendo el lento fluir de cíclicas edades,
la leyenda de mi alma, a la deriva,
en las oscuras oscilaciones del Ser.
¿Olvidaremos?
¿Olvidaremos estas viejas estrellas,
gélidas derrotas, sombras de otras eras,
cansadas de ser rastro y entropía?
Condenadas a ser faros de otros mundos,
de lúdicos silencios, imperios fallidos,
guerras, traidores, torres y vigías,
de noches de tormenta, fuegos dilatorios,
voces y lamentos de un sol que se extinguió.
¿Olvidaremos la señal, el viejo ángaro estelar,
señuelo de los astros, su lítica llamada?
Que, ausente de sus días, nace desde dentro,
clamando en su llaga de llantos y amapolas,
abismos de lo humano, sangre derrotada,
de nácares, siluetas y buitres del ocaso,
bosques delirantes, viajes al asombro,
y el sol, invisible, clamando en las entrañas.
¿Olvidaremos estas rojas centellas,
ebrias de propia luz, sumidas en la nada,
que callaron frente a la danza circular del tiempo?
Estelas seducidas por el fuego del enigma
de antiguos sembradores celestes,
centinelas de los siglos, crueles universos,
astros olvidados en su tensión flotante
de eternas cadenas y cósmico arganel.
Y el grito de la herida sobre el alma solitaria,
perdida en los caminos del íntimo desierto,
en la frontera ritual de los días epactas,
sombra de la espera en distante zénit,
atrapada en la rueda sin principio,
atada a los estertores del hambre
y el bramido sordo de la carne.
¿Olvidaremos los lejanos atardeceres,
las ciudades vencidas por el miedo,
la soledad del alma en su exilio injusto,
la espera infértil, el cántaro roto?
Solo queda esperar al segundo silencio, drama final
de esta condena de estaciones impuras,
tormenta estival de astros enmohecidos,
retorno eterno al sendero inverso,
proscrito canto de los vencidos.
Y ser condenados por el dios imaginado
a morir sin muerte al filo del alba,
por haber bebido del pozo del misterio,
descifrando la herida y su secreto.
¿Y ahora, frente al abismo,
cuando cierras los ojos,
aún recuerdas atado a tu sangre
el prohibido nombre del primer sol?
Después de la tormenta
He quedado en silencio después de la tormenta,
Híbrido azul,
de lágrimas y mundos.
El grito habitó la entraña de su hielo.
La hora naufraga fecunda,
en su constancia de hambre,
estrellas y abismos.
Templo lunar que aflora del destierro,
para luego volver al vacío,
recurrente savia ardiente,
del antiguo árbol que crece perdido.
Que el espíritu reconozca su símil.
El fuego es incapaz de ser mentira.
El que vuela está siempre,
más allá de las palabras.
El que espera no está nunca,
simulando lo que añora.
En este desierto de lotos y espinas,
altar de dioses olvidados.
La cuna de lo invicto,
la fase que permuta.
La estrella que se priva,
el canto de sus lunas.
El tiempo es solo tiempo,
lo eterno es solo eterno.
¿Dónde está aquel lamento
que otrora devino en nueva espiga?
La lluvia, el invierno,
¿qué traen en su cadencia?
¿Promesas de vientre y precipicio?
Mi alma navega desde siempre,
pero naufraga de siglos.
¿Cómo unir el dolor a la roca y el grito?
¿Qué ruta yace yerma en su emboscada?
¿Qué errante yace muerto en el eco de su angustia?
Invisible,
la llaga de la memoria.
Inadvertida,
la carroza de fuego.
Pero el hombre recuerda el lejano horizonte.
Eterno se hace templo,
infinito se torna en muerte.
Nada sabe del martirio,
siempre de raíz,
muriendo.
Nada sabe de su rumbo,
en la noche,
himno perpetuo.
Luz refractada.
La caricia de lo amargo.
La turba de lo injusto en su sordina.
El refugio de lianas y mendigos.
La batalla de los mundos,
mi morada.
Un tronar distante se avecina,
pleno de bengala y horizonte.
Nimio testigo de un pacto de pan,
ansia de clave y entropía,
de una llaga de Luz,
el Sol, en lo sangrante.
Y aunque quede sin semillas,
el barro en nueva tierra.
También alucina de sequía,
el fruto que no sabe de su otoño.
Esto es lo real,
esto es lo que aún arde,
esta es la Luz que ciega tu vergüenza.
Aquí está aquello que persiste en su osadía,
irrefutable centro,
reino de la nada.
Con el brazo atisbo lo doliente,
a mi modo,
desisto de lo vano.
He quedado en silencio después de la tormenta,
Híbrido azul,
de lágrimas y mundos.
Alcíone, el faro de los peregrinos
¿Es esta la señal que por milenios aguardamos en penumbras?
¿Habremos de romper otra vez los vasos ceremoniales?
¿Quedará al fin la esfera rendida a sus ciegos dioses?
¿Se agotó acaso la llama que clama desde templo de Polaris?
¿Se secó la fuente antes de su ocaso de veintiséis mil años?
¿Se apagó al fin el faro de los peregrinos en olvidadas estrellas?
Agrio de esperar y luego de tanta sangre,
¿cesó el fuego verde del hierofante?
¿Es esta la señal que hemos esperado por incontables edades oscuras?
¿Qué nos espera ahora que el lucero cruzó raudo sobre la piedra solar?
¿Moriremos al fin en el infernal intento de recobrar lo perdido?
Solitario, exiliado de mil lunas errantes,
retorno azul a las bóvedas del Duat,
aguardo la señal del astro inmóvil,
el ocaso de las constelaciones,
el sueño proscrito, pleroma,
mi vieja muerte estelar.
Altair, el águila de los mil años
En este cúmulo fue arrojada mi semilla,
en los abismos de espacios nebulares,
en los reservorios de lejanos astros,
en los yermos castillos del tiempo,
en los tormos de esferas ateridas.
Somos luz pensada,
náufragos de la mente,
plasmas en ávida espera.
Somos creación,
húmeda reserva,
sueños huidos de la nada.
Y otra vez,
y otra vez.
La ronda de vidas y sus ciegos dioses imposibles,
los albores iniciales, los crepúsculos crueles,
la gestación en el negro cenote embrionario,
el rutilante drama del alma en lo profundo.
Caí, cometa errante, raudo,
oráculo de mundos marginales,
viajante elíptico de la estrella negra,
pendí fulgurante de un cielo perdido,
vientos solares azotaron mi espíritu,
por mil edades sin nombre,
vagué girando en el umbral.
Dolor y sangre me clavaron al frío,
agua y fuego atraparon mi viaje.
Así fue traída hasta aquí,
mi semilla.
