
La poesía como consecuencia del sendero espiritual
(O de las razones de mi intención poética)
Por Gorka Lasa
El amor por la filosofía,es en realidad añoranza por el verdadero hogar.
Novalis
Este es un ensayo que nunca pensé que escribiría. Desde el inicio de mi camino como escritor y poeta, he mantenido la convicción de que el artista no debe explicar su arte. Esta creencia se basa en la simbiosis inexplicable entre el arte y el artista, y en el fuego que anima a ambos. Creo profundamente que la manifestación artística es una proyección de la singularidad de cada ser humano. Por ello, considero que lo poético es una cualidad inherente al ser, una particularidad de la conciencia, casi como una gracia recibida y no aprendida. Aunque creo que las cualidades creativas de todo ser humano deben ser exploradas y cultivadas, en el caso de la poesía pienso que no se puede enseñar. De este modo, no solo considero innecesario, sino también imposible, explicar las razones que llevan a un artista a plasmar su ethos en lo estético.
A lo largo de los años, las mismas preguntas han surgido repetidamente a través de las voces de mis lectores y de quienes se interesan en mi trabajo literario: ¿por qué escribo de determinada manera?, ¿cuál es la razón de mi estilo o de los temas que elijo?, ¿por qué mi poesía es considerada misteriosa, críptica o “compleja”?, ¿cuál es la fuente de mi inspiración?
Por esto, y un poco a regañadientes, intentaré en este breve texto ofrecer una explicación general sobre algunas de las razones que sustentan mi poesía, así como sobre las pulsiones internas y profundas que dan forma a mi propuesta poética. Estas razones van más allá de mi escritura: son las fuerzas vitales que me han guiado en mis estudios y búsquedas, definiendo mi sendero vital y, como consecuencia posterior, mi camino en las letras. Como he mencionado en numerosas ocasiones, la poesía, en mi caso, ha sido siempre una consecuencia de mi búsqueda espiritual. Mis textos son un subproducto de esta actividad previa, que considero íntima y esencial. La poesía es el síntoma, no la causa, de mi camino existencial.
Mi poesía no es solamente un ejercicio del lenguaje ni una expresión del amor por la prosa excelsa; es, más bien, la cartografía de un viaje sagrado hacia el interior de mí mismo, un sendero oculto trazado en símbolos y velos. De ahí surge la necesidad —y luego el placer estético y ético— de registrar mis travesías y los hitos superlativos de esta ruta invisible y esquiva que mi ser ha decidido recorrer. Escribo no tanto para comunicar como para registrar y desvelar lo que percibo como innombrable; y, tal vez, para invitar al lector a descender conmigo a las profundidades del Ser, donde se despliega el gran drama cósmico, la danza mística entre el alma y lo eterno. En cada uno de mis libros intento delinear los misterios del despertar desde mis propias visiones, desde mi herida y su drama místico, no como una exposición directa, sino como un demarcador de lo transitado, un referente, quizá un recurso nemónico: un mapa codificado de mi trabajo iniciático y de sus infinitos y dramáticos matices.
Escribo desde un lugar donde el pensamiento y el lenguaje se disuelven. Cada palabra es un símbolo que señala más allá de su propio signo, una aproximación hacia lo inefable. Mi poesía no surge solo del deseo de comunicar, sino de una urgencia más profunda: la necesidad de trazar mapas invisibles, de abrir puertas hacia los misterios de lo infinito, de iluminar las sendas ocultas que conducen al despertar de la conciencia y, de este modo, intentar no perderme para siempre en los eternos océanos de lo numinoso.
El lenguaje que utilizo es intencionalmente hermético, no por deseo de exclusión o vanidad, sino por una profunda fidelidad y respeto al misterio que intento honrar. Al igual que en los antiguos textos religiosos, alquímicos y gnósticos, cada símbolo y cada metáfora son mensajes: sentido e imagen en lo externo, y simultáneamente velos y llaves hacia lo interno. Estas claves deben ser descifradas no con la mente lógica, sino con una intuición despierta; no con la mirada del cuerpo, sino con el “ojo” del Ser. Mi poesía es críptica y deliberadamente esotérica porque mis estudios y maestros así me lo enseñaron. Por antiguas normas —y, en muchos casos, por razones prácticas— ciertos misterios no pueden ser revelados de manera directa. Las palabras comunes no son suficientes para expresar lo sagrado; deben ser transmutadas alquímicamente para que, desde lo sutil, puedan portar la vibración, contener el código, fijar el estado, llevar la lección y señalar hacia la seña y su misterio ulterior.
La poesía como ascesis espiritual
Lo recalco: mi poesía es una consecuencia directa de mi camino iniciático. Las tensiones del sendero espiritual demandaron de mí, desde muy joven, formas de expresar los estados resultantes de la gran alquimia de la búsqueda. No fue fácil; al principio, durante muchos años, me costó entender las razones que me impulsaban al sendero y a sus rigores. Por ello, mi juventud y mi formación fueron difíciles y disociadas, llenas de asimetrías y noches oscuras.
Fue en ese contexto donde la poética se manifestó como una pulsión clara y una necesidad de plasmar, a través de un vehículo lírico, mi trabajo espiritual. La poesía, especialmente la poesía esotérica y mística, ha sido un recurso incuestionable desde la antigüedad: una herramienta para la enseñanza de la sabiduría perenne, un vehículo para intentar describir los sutiles y transicionales estados del alma, las oscilaciones de la conciencia y el tormentoso oleaje de los estados emocionales, hipnagógicos, meditativos y trascendentes.
Por ello, mi propuesta poética, en tanto poesía de lo sagrado, aspira a plasmar de forma codificada y simbólica los estados sublimados por el proceso de transmutación espiritual, creando, si se quiere, una bitácora del viaje: un registro de sueños, la coagulación mítica y ritual del trabajo espiritual. Reconocer en la poesía una antigua forma de demarcar lo inmanente, un vehículo para expresar estados sutiles, visiones oníricas y reformulaciones del inconsciente; mapas del ser que se desgranan de la meditación, el éxtasis y los estados contemplativos.
Es la poesía como praxis chamánica, como evocación simbólico-mítica, como indicador paradigmático de los progresivos niveles de la búsqueda. Es retornar a una comprensión oculta y arcana del arte: teúrgia, recurso mántico, conjuración ritualística y praxis sacramental; el arte como conducto gnóstico y como consecuencia de los avances hacia la trascendencia y el despertar.
Una poesía de integración y transmutación, que observa sin asir los pensamientos; una matriz metafórica para soñar la vacuidad; una poesía de lo numinoso y lo ignoto, un canto de lo inasible, una celebración filosófica y estética del atisbo y la anticipación del misterio. El arte como florescencia de la evolución espiritual y metáfora del sendero interior.
La tradición perenne
En lo cotidiano, en la inevitabilidad del dolor humano, en los momentos más oscuros de la tensión vital, el alma nunca olvida la causa original y siempre intenta guiarme hacia la sagrada aventura de la conciencia. Este es el único viaje intransferible y necesario, engarzado en un antiguo hilo conductor que une todos los caminos: un conocimiento ancestral y primigenio que alimenta todas las tradiciones espirituales y conecta a todos los peregrinos en un solo flujo luminoso y universal. Es de esta eterna y sagrada aventura de la que da cuenta mi trabajo poético.
Cuando puse mi mano en la antigua columna de la catedral de Santiago de Compostela, tras mes y medio de peregrinación por las calzadas del Camino. Cuando miré aquel atardecer junto a mi padre desde las altas pirámides mayas en las selvas de Mesoamérica. Cuando monjes budistas, en una lluviosa tarde costarricense, me impartieron la iniciación de la Tara Verde y comprendí la compasiva verdad del Bodhisattva Avalokitesvara. Cuando, junto a un viejo chamán de la tribu shipibo-conibo de la Amazonía peruana, bebí el extracto de la ayahuasca y pude ver el tejido del universo en visiones profundas y transformadoras que quedaron en mí para siempre. Cuando, escribiendo un poema frente a la antigua Hagia Sophia, a la sombra de las mezquitas otomanas y a orillas del Bósforo, deliraba en Estambul. En los viejos retablos de las iglesias ortodoxas de Rumanía, donde el río Danubio se ensancha antes de morir en el mar Negro. Frente a las columnas del Partenón, en los templos del ágora de Atenas, y postrado en sollozos en las viejas ruinas del templo de Eleusis. Cuando caminé por los antiguos monasterios budistas de los Himalayas nepaleses y vi las raídas banderas de oración sacudiéndose al viento; allí, entre monjes y mantras, vi el sol brillando sobre las estupas y los mandalas del óctuple camino. Cuando, recorriendo los templos brahmánicos y las laberínticas calles de Katmandú, un sadhu asceta posó su mano sobre mi cabeza y me dijo: “Tranquilo, ya te falta poco”. Frente a los crematorios humanos del templo de Pashupatinath, a orillas del río Bagmati, mientras lloraba y meditaba sobre la muerte y lo impermanente.
Desde las cumbres nevadas de los Smoky Mountains y los parques nacionales de California; desde los Andes chilenos, las selvas de Costa Rica y las pirámides aztecas de México; frente al mar Cantábrico, desde los Pirineos de mis ancestros vascos hasta las costas del impredecible Adriático. Y en tantos otros sitios, viajes y vivencias, dolores y encrucijadas, en tantos libros y caminos, en tantas noches de estudio, dudas y desvelos, aprendí a reconocer las huellas de un hilo conductor, de una enseñanza ancestral y causa de todas las demás: una fuente original que alimenta todos los ríos del despertar. La tradición primordial, Sanātana Dharma (“norma eterna”), el camino de la sabiduría perenne, sustrato de toda enseñanza oculta, cordón áureo, hilo de Ariadna que une el núcleo esotérico de todas las religiones y de todas las vías iniciáticas, y hermana a todas las escuelas de misterios. Sabiduría seminal, precursora de la promesa de que ciertamente hay una salida del mundo ilusorio del sufrimiento, de que existe un modo de escapar del laberinto, de que es posible liberarse de la caverna de Platón y reencontrar la Luz original. Esta es la gran aventura ascendente de la Conciencia, el juego cósmico, el retorno a la sagrada ubiquidad del Ser Absoluto.
Y por todo esto hoy lo sé con absoluta certeza: no me queda otra salida que cantar los himnos que brotaron de mi alma peregrina; así surgió en mí la poesía. Y lo que diré a continuación lo digo con absoluta vehemencia: nunca quise ser poeta; simplemente no me quedó otra opción. O encontraba la forma de plasmar el fuego que ardía en mi interior, o simplemente no estaría hoy aquí.
La esperanza y un nuevo paradigma
Esta dimensión de mi poesía está profundamente arraigada en la tradición arcana. Al igual que los textos antiguos que codifican verdades espirituales en metáforas y símbolos, quiero pensar que mis poemas invitan al lector a un proceso de desciframiento que no es solo intelectual, sino también espiritual. Quien entra en mi obra debe estar dispuesto a emprender un trabajo interno, a confrontar sus propios velos y sombras para llegar a la luz que subyace en cada inmersión en el misterio.
Comprendo que esta poesía puede parecer distante, incluso impenetrable, pero no es un simple juego estético. Aspiro a que mi poesía contribuya a la preparación de la conciencia humana para un nuevo paradigma cósmico, una transición planetaria y evolutiva que ya está sucediendo. Creo firmemente que, en un tiempo fragmentado y caótico como el actual, el arte es más importante que nunca y debe recuperar su papel sagrado: no solo como expresión, sino como herramienta de transformación. Mis textos, entonces, no son solo míos; son resonancias y aproximaciones de un despertar que pertenece a todos.
No escribo para contar una historia ni para resolver una tensión narrativa, sino para crear un espacio donde los opuestos se disuelvan y la unidad primordial pueda ser vislumbrada. Aspiro a que cada poema se convierta en un espacio donde la luz y la sombra, la vida y la muerte, el ser y el no-ser, el mundo y el cosmos se reconcilien en su esencia común. Mi poesía no es un monólogo, sino un diálogo con lo eterno, una invitación al lector para que se sumerja también en mi viaje, en mi búsqueda y, participando de esta comunión, emprenda su propio camino.
Vivimos en una era de extremos, fractura y confusión, un tiempo en el que la humanidad parece haber perdido su centro espiritual. La fragmentación del mundo exterior es un reflejo de la división interna del ser humano. En medio de este caos, siento que el arte —y en particular la poesía— tiene la misión de actuar como un puente, como una guía que nos devuelva a la unidad primordial. Mi obra, desde su intimidad, busca contribuir a esta tarea, no solo como testimonio de mi propia travesía interior, sino como un faro para quienes también caminan —o aspiran a caminar— por el sendero de lo invisible.
Por eso no puedo ignorar el contexto en el que escribo. Vivimos en un tiempo de transición, un umbral hacia un nuevo paradigma cósmico y evolutivo. Las estructuras que han sostenido nuestra percepción del mundo se están desmoronando, y la humanidad se enfrenta a la necesidad urgente de transformar radicalmente el viejo paradigma que a duras penas la sostiene. Es en este escenario donde mi poesía encuentra algunos de sus propósitos más externos: preparar a la humanidad para lo que viene.
No se trata de una preparación técnica ni de una instrucción moral, sino de una apertura del alma, de un despertar a realidades que trascienden lo visible y lo material. Quiero pensar que mis libros son aportes y herramientas para este despertar, fragmentos de una visión del futuro que es, paradójicamente, un retorno al origen.
Creo firmemente que el arte tiene un papel crucial en esta transición. La poesía sagrada, en particular, puede actuar como un catalizador para la expansión de la conciencia: una nueva esperanza, una chispa que enciende el fuego interno del espíritu. Mi obra busca contribuir a esta tarea, ofreciendo no respuestas, sino preguntas; no conclusiones, sino caminos abiertos hacia el misterio.
En este viaje no hay finales ni certezas, solo la promesa del despertar. Cada poema, cada símbolo, es un umbral hacia lo desconocido, una señal en el sendero que todos debemos recorrer para alcanzar la plenitud del Ser. Mi poesía no pretende ser comprendida del todo, sino sentida, vivida, como una preparación para los tiempos que se avecinan. Y será entonces mi canto —un canto entre miles de cantos— testimonio y testigo del dorado amanecer de una nueva edad.
