Sinuhé

 

Por Gorka Lasa​

Sinuhé llegó a casa cansado, como todos los días. Había utilizado sus últimos ahorros para comprar unos libros de segunda mano. Se dijo a sí mismo la misma mentira de siempre: que aunque no tuviera qué comer, por lo menos su alma se vería alimentada por la lectura.
 
En su pobre morada, cada vez con menos muebles, sintió un poco de abatimiento recordando épocas más prosperas, y rememoró con dolor a tantos amigos que lo habían abandonado. Se sentía profundamente solo, triste. Pero este ya era un sentimiento habitual en él, y así, sin miramientos, como tantos otros días, comenzó su dedicada lectura.
 
Al cabo de un rato quedo dormido sobre su camastro.

 

El rencuentro con el Maestro fue energéticamente indescriptible, después de tantos años; verlo de nuevo le causó una profunda alegría. ¡Tenía tantas cosas que contarle!
Sinuhé trató de hablar, pero la emoción lo embargaba.
 
―¿Cómo te ha ido? ―preguntó el Maestro.
 
A Sinuhé se le iluminaron los ojos y comenzó su reporte:
―Maestro, ha sido increíble, he mejorado mucho en las prácticas y la meditación. He estudiado todos los libros que mencionaste y lucho cada día para no perder la unidad. Estoy atento a los engaños del ego y a los invisibles deseos y apegos que anclan el espíritu a la ambición y la materia. A ratos logro una profunda concentración y, en otras ocasiones, soy capaz de sentir los pensamientos y las energías confusas de los demás. Los ayunos han sido reveladores, sobre todo después del vigésimo día: he tenido visiones, sueños premonitorios, recuerdos de otras vidas y muchos desdoblamientos. También, como me enseñaste, he logrado mantenerme «individuo en un mundo de sujetos». Me sé de memoria los estados de conciencia, especialmente los de la primera y segunda etapa, y practico con regularidad las fórmulas de disolución. Siempre que puedo, trato de darle energía al mundo para sanar su profundo dolor. También logré incursionar en el estado vacuo, tres veces, y he trabajado mucho perfeccionado mi sueño lúcido. He utilizado estos sueños para ayudar a la gente en partes remotas del planeta, llevando la Claridad y la compasión a los seres que sufren. Precisamente ayer estuve en Irak, donde están sucediendo atrocidades y mucha gente muere a diario; aunque los mensajeros sin rostro son los encargados de la transición, los más cercanos a la esfera ayudamos a las almas aterrorizadas a seguir el sendero de Luz justo en el momento de la ruptura. También tengo días en los que intento no salir a la calle, pues la sensibilidad con que percibo el mundo me es casi intolerable: lugares como hospitales, iglesias, mercados y aglomeraciones me resultan muy difíciles de soportar, allí la resonancia es inmensa y de cuando en cuando me vence la terrible vibración dolorosa, si me dejo llevar, y caigo en prolongadas depresiones.
 
El Maestro miró condescendiente a Sinuhé, lo que a este le causó un poco de inquietud.
―Me parece muy bien ―le dijo―, nunca dudé de tu determinación ni de tus capacidades para seguir el sendero, pero ahora déjate de rodeos y cuéntame en verdad cómo te ha ido.
 
Sinuhé comprendió claramente la pregunta, y advirtió la naturaleza de su proceder vanidoso.
―Perdóname, Maestro, yo quería contarte mis logros para que te sintieras orgulloso de mí, pero tienes razón, he omitido lo más doloroso. Ha sido un camino difícil y penoso, me ha costado mucho mantener el silencio interior en un mundo tan lleno de ruido. Mi juventud fue muy dura e incomprendida. Desde entonces padezco la pobreza y el infortunio, la calumnia y el desamparo. He perdido amigos y novias, y hasta mi propia familia me ha abandonado. Me cuesta mucho explicarles lo que hago, y a ellos les cuesta mucho entenderme. A duras penas he podido mantenerme en el sendero. Las privaciones e incomprensiones son mi pan de cada día, incluso he sido atacado y difamado, y no me resulta fácil encontrar refugio para mi espíritu afligido. Agoté la generosidad de mi padre, agoté incluso el amor de mi madre, y mis propios hermanos me miran con rencor y desasosiego. Durante años pequé de iluso, confié en amistades falsas que se burlaron e irrespetaron el honor de mi misión. Traté de compartir con ellos mi conocimiento, mi comprensión y mi Luz, aquella joya del espíritu que me diste a cuidar, pero la desdeñaron, se mofaron de mí y de la sagrada enseñanza de la Claridad. Por mucho tiempo estuve desolado y deprimido, me costaba mucho seguir las prácticas y los retiros. Incluso perdí la esperanza en mi camino, en el mundo, y muchas veces dudé de que hubieras existido, de que las enseñanzas que me impartiste en mi juventud hubieran sido reales. Perdí la memoria, intoxiqué mi cuerpo y deshonré a la Orden arcana. Perdóname, Maestro ―siguió diciendo, llorando y arrojándose a sus pies―, traté…, traté de… de… ¡traté de matarme!  Quebranté la norma y deshonré la virtud, perdóname, he sido débil, ya no merezco llamarme discípulo tuyo. En verdad he intentado seguir las reglas con todas mis fuerzas, pero la oscuridad del mundo y la materia lograron anidar en mi corazón y ahora no soy digno de caminar a tu lado y honrar tus enseñanzas.
 
La mano luminosa del Maestro se posó sobre el hombro afligido de Sinuhé, e inmediatamente este sintió una profunda serenidad.
―Tranquilo, pequeño halcón, yo sabía que eso iba a suceder, todo estaba dispuesto de este modo. Esa era la prueba de la que te hablé, y la has pasado. ¿En verdad creíste que sería fácil, que la felicidad duraría para siempre, que esa libertad y riqueza no te serían arrebatadas? Pobrecito, recuerdo lo seguro de ti mismo que estabas cuando te dejé, cuánto confiabas en lograr la Claridad, y yo solo te dejé hacer, pues has sido tú, y no otro, el único artífice de tu camino.
 
―Pero, Maestro ―replicó Sinuhé, perplejo y apenado―, no entiendo, yo he fracasado, no logré la dicha ni la prosperidad que esperaba como resultado de seguir el justo sendero de la Claridad. No gané la gloria ni el respeto de los demás; al revés, perdí lo poco que tenía. He fallado en mi intento de convertirme en un luminoso peregrino de las estrellas. He fracasado.
 
―Comprendo cómo te sientes, pero no te aflijas, te contaré un pequeño secreto que omití en mis enseñanzas y la razón de esta omisión crucial. Todo verdadero Maestro sabe que solamente renaciendo del abismo de la desolación se puede transcender auténticamente el mundo de la materia y doblegar el ego, pues para nacer a una nueva vida primero hay que morir. Si yo no te hubiera dicho que alcanzarías la paz, la prosperidad y visiones maravillosas, ¿te hubieras atrevido a hollar el sendero de la Claridad? Y, si te hubiera dicho que solo encontrarías penurias, privaciones, rechazo y dolor, ¿habrías seguido la senda luminosa con tanto arrojo y voluntad? Piénsalo.
 
El Maestro se permitió una risa burlona, y prosiguió:
―Esta es la pequeña mentira aleccionadora con la que se anima a quienes comienzan, invitándolos con las más hermosas visiones, con poéticos libros sagrados llenos de perdón, con las más equilibradas doctrinas de amor e igualdad. Así, el alma del discípulo puro sube hasta las alturas del éxtasis y, como razón de ese ínfimo atisbo de Luz, comienza a desear la iluminación con el deseo más genuino. De esta forma, los verdaderos Maestros avivan el ferviente fuego del corazón y lo animan a seguir los pasos de la Tradición Eterna. Este es el secreto, mi buen discípulo, no has fallado en lo más mínimo, el camino espiritual no es un juego de niños, no es un camino fácil ni placentero. Tampoco una charada de modas y apariencias; ni, mucho menos, un camino de amor, prosperidad y buenas vibraciones, como pretenden hacerte ver aquellos que se revuelcan en la misericordia humilde de sus propias vanidades dogmáticas. No, el sendero es un camino de lucha a muerte, es la aniquilación definitiva del ego, una batalla eterna contra las fuerzas oscuras que quieren mantenerte atado a la razón de la materia. Es la rebelión de unos pocos contra la estabilidad, el orden y las promesas humanas; es, en verdad, la ruptura con el triste dios de los vivos y con sus normas de vida, que no son sino cadenas que mantendrán a tu espíritu atado a la esfera planetaria por toda la eternidad. ¿Qué creías, que te iba a resultar fácil? ¿Que te comprenderían y se apartarían para dejarte pasar? No te desanimes, Sinuhé, que yo también sufrí lo mismo, mi Maestro me impuso una prueba similar, y da gracias al Uno por que no te sucedió como a mí, que hube de morir asado en una pira de la inquisición debido a la obcecación de mi hermandad y la grandeza de mi sueño. Te contaré una historia para que me comprendas mejor. ¿Te gusta la miel?
 
―Claro ―respondió Sinuhé.
―¿Reconoces su dulzor y su color dorado?
―Sí, Maestro.
―Ahora, imagínate que has sido arrojado a una tierra donde nunca nadie ha probado la miel. ¿Cómo les explicarías a los habitantes del lugar su delicioso sabor? ¿Cómo describirías su contextura y delicado aroma, cómo les harías partícipes de la grata sensación que es tener un poco de miel en los labios? Dime, Sinuhé, ¿cómo les describirías la miel?
―No podría, Maestro.
―¡Exacto! Imagina que, en tu desesperación por tratar de que te entiendan, comenzaras a predicar en esa tierra sin miel, a escribir libros y poemas que narran la historia de que en otro mundo, de donde tú vienes, hay algo dulce y cristalino, delicioso y nutritivo, que es del color del sol y que, al probarlo, proporciona una profunda dulzura. ¿Cómo crees qué te tratarían los habitantes de esa tierra?
―No me creerían.
―¡Precisamente! Y no solo no te creerían, sino que además te tildarían de loco, dudarían de tu palabra y de tu juicio, y pronto se aprestarían a condenarte por pensar que quieres confundirlos o engañarlos, ya que en ese mundo nunca ha existido nada parecido a la miel. ¿Puedes culparlos por negar la existencia de lo que aún no han probado? Esta es la tragedia de la iluminación, mi querido Sinuhé, esta es la pesada carga de alcanzar la Claridad, porque cuando has probado la dulzura de la Verdad y el indescriptible gozo del vacío, solo aquellos que también hayan tenido una experiencia similar podrán comprenderte, mientras que los demás, bueno, ya sabes lo que hacen, lo has vivido en carne propia. Créeme, solamente así podías aspirar a convertirte en un verdadero Maestro, debías experimentar por ti mismo la frustración y la angustia de vivir incomprendido y solitario en un mundo de ciegos. ¿De qué otra forma pensabas que ibas alcanzar la Claridad?
 
Sinuhé lo miraba con asombro, por fin comprendía la sabiduría que se ocultaba en el proceder del Maestro. Ahora Sinuhé estaba en paz, las palabras de su mentor habían sosegado su alma. Se sintió pleno y seguro de que desde entonces hasta la llegada de la muerte, aunque todavía le faltasen muchas lecciones y heridas por vivir, ya no podría dudar de la inextinguible llama que ardía en su interior ni de la gloriosa certeza de su misión.
 
Sinuhé había probado la Claridad, y eso le hacía un paria y un enemigo de los hombres. Ellos nunca le perdonarían la elección que había hecho de su camino. Pero él sabía qué hacer, los miraría con compasión y derramaría sobre sus almas el bálsamo del perdón y la luminosa medicina del silencio, aún a pesar de ellos mismos, pues, en realidad, no eran conscientes del tiempo ni de las vidas que estaban despilfarrando en vanidades, odios, compromisos, ambiciones y familias. Cada día agregaban un eslabón a la pesada cadena que los ataba al mundo.
 
Aquella noche, bajo una lluvia de estrellas, Sinuhé y el Maestro caminaron en silencio junto con otros seres luminosos, y antes del amanecer el Maestro se despidió, prometiendo que regresaría pronto. Sinuhé se postró a sus pies en profundo agradecimiento y, cuando volvió a mirar, el Maestro ya no estaba.
 
En el corazón le quedaba el eco de sus palabras. Comprendió que él era un guerrero de la miel en un mundo donde solo habían probado la amargura.
 
Gorka Lasa