Tiempos oscuros

Por Gorka Lasa

 

El concepto de progreso debe ser fundamentado en la idea de catástrofe.
Que “las cosas continúen así” es la catástrofe.
Walter Benjamin.

Esto es lo que dice uno de los Purânas (textos sagrados de hace más de 3000 años) hindúes, sobre este terrible y oscuro tiempo que navegamos:”Son los más bajos instintos los que estimulan a los hombres de la edad oscura. Ellos eligen ideas falsas. No dudan en perseguir a los sabios. El deseo les atormenta. La negligencia, la enfermedad, el hambre, el miedo, se extienden. Habrá graves sequías. Las diferentes regiones de los países se opondrán unas a las otras. Los libros sagrados ya no se respetarán. Los hombres no tendrán moral, y serán irritables y sectarios. (…) Los dirigentes confiscarán la propiedad y harán de ella un mal uso. Ellos dejarán de proteger al pueblo. Hombres viles que habrán adquirido un cierto saber (sin tener las virtudes necesarias para su uso) serán honrados como sabios. Hombres que no poseen las virtudes llegarán a ser reyes. Habrá sabios que estarán al servicio de hombres mediocres, vanidosos y rencorosos. (…) Habrá muchas personas desplazadas, errando de un país a otro. Los comerciantes harán operaciones deshonestas. Ellos estarán rodeados de falsos filósofos pretenciosos. Habrá muchos mendigos y parados. Todo el mundo empleará palabras duras y groseras. No se podrá confiar en nadie. Las personas serán envidiosas.”

La humanidad atraviesa verdaderamente tiempos oscuros. En todas las direcciones se disparan las alarmas de la masa crítica. El capitalismo, codicioso desde su cuna, poseso en su descontrolado tango, nos lleva de la mano a una economía mundial del desastre. La ambición sin límites ha soltado a los perros de la guerra y el peculado, estos se matan entre ellos a zarpazos mientras se disputan lo aceitosos despojos de la presa. Millones mueren de hambre a diario, otros consumen hasta hartarse. Unos se hacen cirugías para burdos simulacros estéticos mientras agonizan niños sin medicinas ni doctores.

El hombre actual es iletrado, egocéntrico e inculto. Está creando en su ceguera un desequilibrio de percepciones, y una injusta trama de carencias y desigualdades humanas que están literalmente royendo las fundaciones espirituales, culturales y civiles, lo mismo que la poca libertad que a la humanidad tanto tiempo trabajo y sangre le costo conseguir. La riqueza del planeta está en tan pocas manos que pareciera que hubiéramos vuelto a la antigua Roma. Las ambiciones de un capitalismo desmedido están asfixiando sin pudores a nuestra madre tierra. El clima nos da cada vez lecciones más duras y, la corrupción y el autoritarismo de nuestros supuestos líderes políticos, religiosos y científicos está llegado a niveles de náusea e infarto.

La complejidad y el desequilibrio generado por el exceso humano es evidente y aparatoso, los conflictos y la patologías atacan por igual a personas, colectivos y estados. La errada percepción de los naturales balances planetarios está haciendo estragos en la estructura natural del planeta y en la fibra fundacional de la cultura humana. Las injusticias se suceden sin descanso, los desajustes atacan todo el edificio biósferico y amenazan con poner en riesgo todo el sistema eco-dinámico.

 

Sin embargo, los problemas que enfrentamos son en su más pura esencia problemas que derivan de las visiones disociadas que tenemos del mundo, distintos grados posibles de las conciencias humanas. Literalmente, millones de estados de conciencia coexisten en el planeta aportando a sus habitantes muchas y diversificadas visiones del mundo. Cada una, pacifica o violentamente, trata de llevar su supuesta autonomía hacia un derrotero consecuente con la visión que le aqueja, impulsos aparentemente colectivos, o descaradamente egoístas, son lógicamente equivalentes a su estado de desarrollo, y como ven, actúan.

Esta es en parte la clave del dilema planetario, pues una vez asumida esta distorsionada y parcial visión de las cosas, ya sea heredada de la tribu o la cultura, ya sea aprendida dentro de la entidad religiosa, política u económico/social, las injusticias proliferan y las visiones distorsionadas rapiñan a su antojo la coherencia de un sentido planetario aun no comprendido.

Iniquidades alimentadas por las irracionales conclusiones que un sujeto u sociedad hacen de sí mismos, siguiendo tendencias e ideologías casi sin comprender el sentido armónico en el que se encuentran contenidas y asumiendo una visión reduccionista y parcializada, aquella que su estado evolutivo le revela. No podemos culpar al pez por no saber que es el agua. Pero si ya conoce la naturaleza de su fluidez, no le está permitido dudar de su innegable presencia.

La cuestión es aún mucho más relevante y profunda. La humanidad está siendo reclamada a aplicar los fundamentos esenciales de la sabiduría de las eras. Podrá haber millones de soluciones parciales a la pluralidad de desaguisados planetarios, pero a mi parecer, solo una transformación a profundidad de la conciencia y el tono espiritual de la humanidad tendrían alguna garantía de éxito.

El conocimiento integral y la sabiduría perenne deben encontrar su cauce en los eventos actuales o corremos el riesgo de perder una de las épocas más maravillosas que la humanidad ha tenido. Solo amplificando el nivel de nuestra conciencia pura a la amplitud de la conexión con lo manifiesto, la gran realización de la Unidad subyacente en lo manifiesto, cuando esto sea realidad en un número cada vez mayor de personas, simultáneamente se agilizarán los procesos evolutivos de la totalidad de la cultura terrestre. Para salir del mundo de los sueños, primero hay que despertar.

Los budistas sostienen como uno de sus axiomas fundamentales; que la errónea identificación con nuestro órgano pensante, la mente, y su proyectada realidad en el mundo, es la raíz de la gran tragedia humana. Esta ilusoria faceta de nuestro campo cognitivo es el generador y fuente del sufrimiento de la humanidad. La errónea percepción es la forjadora incansable del gran desequilibrio humano, proyectándo en lo planetario el ciclo insostenible de una razón polar tristemente consecuente con su ceguera. Esta se esparce sin riendas ni control sobre una totalidad que desconoce. La evidencia de esto es comprobable en los caóticos eventos de los que somos testigos cada día.

El viejo paradigma agoniza, insostenible es su razón antigua. Algo debe ceder y rápido, pues el retraso del despertar humano ha comenzado ya, su calvario autofágico. Pesadamente se devora a sí misma la civilización pos-moderna en su embotamiento y su fiasco, su contaminación, su narcisismo hedonista, su degradación mental y física, guerra y destrucción, ambición y desenfreno en el más alto nivel creativo de la mente es un atentado directo a la armonía de la naturaleza en su sabia sostenibilidad. Es el desequilibrio de nuestro abordaje conceptual del mundo el que está destruyendo el eco-esquema global que sostiene nuestro simulado presente sin futuro.

Capitalismos, economicismos, dogmatismos, liberalismos, reduccionismos, imperialismos, globalización, fanatismos religiosos, neoliberalismos, desarrollo insostenible, mega-consumo, libre mercados, contaminación planetaria, corporatocracias, servidumbre económica, debacles humanitarias, colapso ecológico, desajustes climáticos, y por sobre todo, especies vegetales y animales extinguiéndose (incluidos nosotros), para siempre.

Es increíble que todavía, frente a la luz de los hechos, sigan luchando las masas inconcientes por una causa muerta y largamente trascendida. Ciegos, perpetúan la conclusión de su propia catástrofe mientras sueñan mundos limpios y cómodos donde nacerán como hongos los pobladores del futuro delirado, ¿Por qué no quieren ver? ¿Por qué siguen trabajando y dando la vida por un sistema que los esclaviza?

La riqueza y el poder que insolentemente ostenta el mundo capitalista no es más que el fantoche de la mentira de su propio ego descontrolado y consumista, la falacia de su propia historia adulterada. Este mundo asimétrico, agoniza por su propia miopía mental e espiritual y de esta manera asiste lenta y sádicamente a su propia destrucción. Y a pesar de que conoce el mortal final, decide continuar como si nada fuera cierto.

Ha comenzado a colapsar la estructura sobre sí misma, el falso ideal del progreso a llegado a su punto de quiebre, el estado intermedio de las esperanzas planetarias está siendo habitado en completa ignorancia, perdidos en una transición sin metas, el desequilibrio y la incomprensión reinan hoy en la triste escena del empobrecido y contaminado mundo.

El olor de la muerte es intolerable, hiere en esencia la más profunda nobleza de la vida ascendente y su luminosa humanidad. Una humanidad espiritual no permitiría nunca tan salvaje desastre. ¿Qué hace falta para hacernos despertar? ¿Qué más se requiere para que el hombre vea lo que esencialmente está frente a sus ojos? ¿Es que quiere devorarlo todo hasta el final? ¿Para qué? Se está devorando a sí mismo y no parece haber en esta vida la razón suficiente para detener la insania y el saqueo.

Adulterada y confusa se ha vuelto la relación de la mente con su creación, ¿no lo vez? solo existe el momento en que todo termina, la más ambiciosa aspiración mental no tiene otro rumbo que la muerte, inseparable es la ilusión del futuro de su imagen preexhibida, ilusoria cárcel de lo expuesto, progresivo delirio de lo que deviene. ¿Qué hace falta para que el hombre cruce el valle de su propio miedo y despierte a la unidad del presente cósmico?

Todo el planeta depende de la trascendencia del Hombre, de su principio y realización, de su despertar espiritual, solo el Hombre puede detener la rueda de su propia destrucción. No es un proceso. Es una certitud, no puede ser dosificado, tiene que ser completamente habitado, la unión entre el Hombre y su naturaleza debe ser paralela a su comprensión de esta.

Si no comprendemos esta realidad a tiempo, nos arriesgamos a continuar el derrotero de la mente insaciable, la gran insatisfecha, emperatriz del ego humano, sombra de luz que no sesgará en su empeño hasta devorarlo todo, gestando así, la devastación total de aquello que una vez, en el tiempo… fue el Hombre.

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