
La poesía como gnosis de la herida
Creación, exilio ontológico y vigilia en los poemas Aldebarán y Los mundos de la evocación de Gorka Lasa
I. La creación como problema ontológico
La obra poética de Gorka Lasa articula, de manera constante y reconocible a lo largo de todo su corpus, una veta gnóstica, entendida no como adscripción doctrinal a una tradición histórica, sino como estructura profunda de su pensamiento poético. Esta gnosis, si se quiere, no se formula únicamente como sistema metafísico, sino como experiencia reiterada del mundo en cuanto fractura: la creación como caída y el conocimiento como despertar doloroso, sin promesa de redención.
Desde sus primeros libros hasta sus textos más recientes, la voz poética de Lasa insiste en una intuición central: el mundo no es el lugar del origen, sino su deformación; el lenguaje no es transparencia, sino registro del tránsito; y el poema no redime, pero recuerda aquello que fue perdido incluso antes de ser asumido. Esta constancia no responde únicamente a una praxis estética, sino, sobre todo, a una fidelidad ontológica: la resistencia a mentirle al ser mediante armonías fáciles y elaboraciones utópicas.
La poesía, en este horizonte, no comparece como refugio estético ni como sublimación del dolor. Comparece como acto de vigilia y visión. El poema no reconcilia al sujeto con el mundo, sino que vislumbra el misterio y lo mantiene despierto frente a su herida constitutiva. A diferencia de otras poéticas contemporáneas que celebran la creación como afirmación del mundo o expansión del yo, en Gorka Lasa la creación es siempre problemática. Crear implica intervenir en lo real de forma irreversible, desgarrar una totalidad previa y asumir la violencia implícita en todo gesto demiúrgico.
Esta concepción sitúa su obra en una línea gnóstica clara: el creador despierto no es inocente. El mundo creado es ilusorio por definición. La materia está atravesada por un ardid originario que el arte no redime, sino que denuncia y hace consciente. La poesía no funciona como reconciliación, sino como registro lúcido de la catástrofe. De ahí que el poema no funda hogar alguno: funda una conciencia del exilio. Y esa conciencia no descansa en su visión oracular.
II. Aldebarán: cosmología y memoria del origen
Aldebarán, El vértigo de la eternidad
Atardeceres terribles colmaron mi alma de silencios,
Aldebarán.
Las horas de la sangre sobre el final,
la pausa, el errático exilio de la estirpe,
la lluvia eterna sobre las tierras innombrables.
La soledad de tristes campos de olvidadas batallas.
En los senderos de un planeta muerto,
anidaron los ciclos del devenir,
acunando mares negros.
Atardeceres terribles colmaron mi espíritu de nostalgia,
Aldebarán.
Este viaje de símbolos ya concluye su ira,
inequívoca, nema por siempre oculta,
en los áureos cantos admonitorios,
en el vértigo de la eternidad,
sello atávico del clan solar.
Allí donde fuéramos arrastrados, padecimos;
llevamos en nosotros la tara de la luz,
el epitafio de los soles insurrectos,
los fríos horizontes sin final,
saña de manos asesinas.
¡Míralos! Pueblos desterrados en el viento de las eras,
Aldebarán.
Y sufro esta búsqueda de esferas y caminos,
añoro el retorno al templo de los orígenes,
el ansia voraz de una tierra virgen, núbil,
para colmarla de ríos, poemas, bosques,
para labrar mi tedio en sus espasmos,
para arrancar la vida a sus entrañas,
y luego, muerta, volverla a poseer.
Atardeceres terribles colmaron mi tristeza de futuros,
Aldebarán.
El ciclo inútil de los dragones tristes,
tormentas de mares primordiales;
crearlos de la nada tomó eones.
Esta es la venganza del soplo original:
impaciencias, crípticas premuras,
la angustia de los tiempos.
Y al final, cuando encontramos planetas habitables,
estábamos tan cansados de los viajes sin retorno,
tan irremediablemente derrotados por la osadía,
que las leyendas que nacieron de nuestros ecos
solo serían cárceles eólicas, templos rotos,
trenas del dolor, la mentira y la muerte.
¿No es acaso esta creación el más terrible de los legados,
Aldebarán?
Tanto dolor vertimos en los mundos, tanta negra rabia;
indolentes, asesinamos a la Madre que los protegía.
Sus dioses melancólicos cantan débiles, huidos,
en atardeceres invisibles de soledades atávicas,
los últimos tiempos, los siglos ya olvidados,
los grises finales, en sus ocasos inertes.
Somos nosotros, los últimos errantes,
poetas del gnomon, viajeros de la esfera,
evocadores de la vieja herencia del dolor,
del castigo, la vieja culpa y su estigma silente.
Terribles castigos nos aguardan en el tiempo,
terribles crepúsculos colmarán nuestros silencios.
Solitario será el retorno del sol hacia la nada,
Aldebarán.
El poema Aldebarán (El vértigo de la eternidad) constituye una de las formulaciones más densas y radicales de esta poética. Desde su apertura en clave crepuscular —los atardeceres terribles—, el poema se instala en una temporalidad de agotamiento ontológico. El crepúsculo no es transición: es estado permanente del ser. Aldebarán, la estrella, no opera como símbolo de guía ni de salvación. Es testigo inmóvil de una historia cósmica marcada por la reiteración del daño. Su nombre, repetido como letanía, no invoca protección: convoca memoria. La estrella ve, pero no absuelve.
El paisaje que el poema despliega no es natural ni histórico, sino postontológico: planetas muertos, mares negros, campos de batalla olvidados. El devenir no avanza; anida en la ruina. La imagen decisiva de la tara de la luz consuma una inversión gnóstica fundamental: la luz ya no salva, delata. Los soles dejan epitafios. La pregunta final —si la creación no es el más terrible de los legados— no busca respuesta. Funciona como sello gnóstico: el conocimiento no clausura, deja abierta la herida. Aldebarán permanece como presencia distante, no como promesa.
Esta cosmología no es abstracta. En la obra de Lasa, la caída del mundo posee también una dimensión histórica y civilizatoria. Los pueblos desterrados, los templos rotos, los horizontes sin final remiten tanto a mitologías arcaicas como a catástrofes modernas. El tiempo no progresa: se erosiona. La historia no conduce a la plenitud, sino al agotamiento de las formas. La poesía se convierte así en un archivo de ruinas futuras: no solo canta lo que fue y lo que será en un tiempo cíclico y mítico, sino que sufre en la visión de lo que inevitablemente será cuando el sentido termine de colapsar y todo retorne al vacío.
III. Los mundos de la evocación: interiorización del exilio
Los mundos de la evocación
No hay reposo, incluso en este viejo espacio de luz,
estancia perdida en el tiempo donde todo está en silencio,
donde el alma, cansada como los soles que se inmolaron para negarnos el día,
renace del agua púrpura de la soledad cósmica y sueña su deriva,
errante, melancólica, indiferente, atávica.
¿A dónde viajarán las gaviotas de mi interminable atardecer?
esas que desafiaron el espacio remoto de un azul final e indolente,
brotando de la tormenta como flores nebulares de un sueño perdido.
¿Están aquí, vuelan acaso en la poesía que se busca a sí misma, suspendidas,
en el celaje inexacto, en el temblor invisible del viento contra la eternidad?
¿Qué haremos ahora que el crepúsculo es también la herida en el terco corazón?
¿Es este el sendero que debemos recorrer para trasmutar el dolor adherido?
¿Qué haremos ahora que el sueño ha muerto en las manos sembradoras?
¿Adónde irán a soñar los lentos peregrinos de los cielos de la mente?
¿En qué océanos de inabarcables edades cósmicas perdió el rumbo mi navío solar?
¿Quién encendió los viejos faros que arden invictos en horizontes insondables?
¿Qué será de mí, arcano navegante, errante en los mundos de la evocación?
¿Dónde descansarán, por siempre heridas, las gaviotas de mi melancolía?
¿Qué quedará, ahora que el dios es mácula en la mano de los misterios?
¿En qué remanso de la memoria se durmió desolada mi esperanza?
¿Dónde está la playa solitaria que aguarda la sal de mis huesos?
¿Alguien escuchará mi lamento en la cósmica eternidad?
¿Hay alguien ahí, en esas distancias incognoscibles?
¿Dónde está la luz que perdí buscando la Luz?
¿Por qué el abismo es el reflejo de la herida?
¿Dónde está el resto de mi vieja bandada?
¿Puede entonces el tiempo sanar las grietas de mi rebelde corazón?
¿Puede acaso el amor ser bálsamo de las heridas del espíritu?
¿Podrán los soles sostener el peso de mi atávico dolor?
Lentamente se cierra el horizonte sobre mi vuelo,
la tormenta arde en el crepúsculo,
y me dejo caer, por siempre,
en el abismo de la libertad.
Si Aldebarán expone la catástrofe cósmica, el poema Los mundos de la evocación muestra su interiorización psíquica y espiritual. Aquí el mundo ya no se destruye afuera: se fragmenta dentro de la conciencia. El poema comienza negando el reposo incluso en la luz. La fatiga es ontológica. Los soles se inmolan para negar el día. La evocación aparece como el único gesto posible de supervivencia simbólica: recordar no para volver, sino para no desaparecer del todo en el absoluto.
Las gaviotas, la bandada perdida, el navío solar extraviado son figuras de una memoria sin territorio. Dios mismo se ha convertido en residuo, en mácula incomprensible. La proliferación de preguntas sin respuesta no es retórica: es ontológica. Preguntar es el último gesto de sentido cuando toda teleología ha colapsado.
El cierre del poema —la caída en el abismo de la libertad— no exalta el vacío ni romantiza la disolución. Propone una ética del consentimiento. La libertad no es ascenso, sino aceptación consciente de la caída. No hay redención, pero hay lucidez. No hay salida, pero hay coherencia ontológica en el habitar del drama como metáfora de la libertad absoluta. Esta concepción de la libertad como caída consentida y consciente atraviesa toda la obra de Lasa. El poeta no busca escapar del abismo: lo reconoce, lo habita y aprende a mirarlo sin mentirse.
IV. Una poética transversal: la gnosis como constante
Aldebarán y Los mundos de la evocación no son excepciones dentro de la obra de Gorka Lasa. Son cristalizaciones paradigmáticas de una poética conceptual que recorre todo su trabajo: el viajero errante, la memoria de un origen irrecuperable, la culpa del creador, la desconfianza radical hacia toda armonía y la convicción de que el poema es vigilia y visión terrible, no consuelo ni complacencia. Esta coherencia nos permite hablar de una poética propia, irreductible tanto al simbolismo clásico como al nihilismo moderno o a la mística tradicional. Lasa no niega el sentido: lo habita.
En la obra de Gorka Lasa, la poesía no comparece como lugar de reconciliación, sino como espacio de reconocimiento: reconocimiento de la herida del origen, de la violencia inscrita en la creación y de la imposibilidad de habitar el mundo sin asumir su fractura. Esta poética gnóstica busca restituir una unidad perdida, pero sin reconstruir un ilusorio paraíso anterior a la caída. Por ello, su gesto es más radical: aceptar la caída como condición irreversible del decir. El poeta habla desde la conciencia de haber participado —como buscador, como creador, como heredero, como habitante del lenguaje— en la violencia misma de la creación.
Aldebarán no guía: observa, decreta y lamenta. Los mundos evocados no consuelan: recuerdan. La libertad no libera: despierta. Y, sin embargo, la palabra persiste; de ahí el poeta.
En un tiempo saturado de discursos vacíos, de creatividad banalizada y de esperanza convertida en mercancía simbólica, la obra de Gorka Lasa se alza como una poética de la trascendencia ontológica. Crear no es celebrar: es habitar el derrumbe. Decir no es embellecer: es exponerse. Nombrar no es poseer: es aceptar la pérdida. La poesía no salva al mundo, pero lo recuerda en su fractura. No promete salida, pero impide la mentira. No clausura el abismo, pero aprende a sostener la mirada lúcida frente al caos.
El poeta aparece entonces como uno de los últimos errantes, no por nostalgia, sino por fidelidad a una lucidez que no abdica. Quien ha visto el origen herido no puede habitar la armonía impostora. Solo puede permanecer despierto, sosteniendo la palabra como quien sostiene una antorcha en medio del viento: sabiendo que puede apagarse y sabiendo también que callar sería una forma de traición. Esa es la dignidad última de esta poesía. Esa es su vigilia: la contemplación gnóstica y crepuscular de lo eterno bajo una estrella que no absuelve.
